Tōtarō y las lágrimas del Samebito

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La leyenda de este mes tiene como protagonista a una criatura de los fondos marinos que es mitad hombre y mitad tiburón: el Samebito. Esta criatura forma parte de la mitología japonesa y aparece en el cuento titulado La gratitud del Samebito, de Lafcadio Hearn.

En las notas de Hearn el nombre de esta criatura se suele leer como kōjin. Los kōjin son seres que proceden del Mar del Sur de China y  se parecen mucho a las ningyo (sirenas japonesas) que siempre están tejiendo en sus telares y cuyas lágrimas se convierten en preciosas joyas.

Parece ser que para escribir su cuento Lafcadio Hearn “El Gaijin” se inspiró en otra historia que lleva el título de Kōjin escrita por Takizawa Bakin, el Maestro que escribió la famosa leyenda Nansō Satomi Hakkenden o Las crónicas de los Ocho Guerreros Perro de los Satomi, la novela épica más extensa del mundo compuesta por 106 volúmenes.

 

¡Que disfrutéis de esta preciosa historia!

 

‘Tōtarō y las lágrimas del Samebito

Un día que Tōtarō estaba cruzando el Puente Largo de Seta se encontró con una criatura de lo más extraña: tenía el cuerpo de hombre y la piel negra como la tinta, sus ojos eran verdes como esmeraldas y brillaban intensamente y su barba era muy similar a la de los dragones. Tōtarō se extrañó de ver una criatura semejante pero al comprobar que estaba llorando se apiadó de él y se le acercó. Al ver que el joven se interesaba por él, el extraño ser le explicó que era un Samebito que había estado al servicio de los Ocho Grandes Reyes Dragones pero que por un error que cometió le obligaron a abandonar el Palacio del Dragón y fue expulsado del mar. Tōtarō, conmovido por la tragedia del Samebito, se apiadó de él y le ofreció comida y alojamiento en el estanque de su jardín. El Samebito aceptó de buen gusto la invitación del joven, ya que no tenía ningún lugar a donde ir. Desde entonces, todos los días Tōtarō le daba de comer y charlaban animadamente junto al estanque. Y así pasó medio año.

 

 

Llegó el verano y muchas mujeres peregrinaron al templo de Miidera, en la ciudad vecina de Ōtsu, y Tōtarō también acudió al festival. Fue allí donde el joven se enamoró perdidamente de una hermosa doncella de nombre Tamana. Su rostro era blanquísimo, como la nieve de la montaña, y su voz era la envidia del ruiseñor. Se enteró de que la dama estaba soltera y que no se casaría con nadie que no pudiera ofrecerle como regalo de boda un cofre con diez mil joyas. Tōtarō, al enterarse de ello, se afligió en extremo al resultarle completamente imposible ofrecerle a la joven un regalo de estas características. Y con el corazón roto regresó a su casa. Pero le resultaba imposible olvidarse de Tamana, ya que cuanto más pensaba en ella más la amaba.

 

 

Alicaído como estaba y sufriendo de amor, Tōtarō cayó gravemente enfermo. El médico fue a visitarle para intentar que sanara pero fue incapaz de encontrar una cura a su mal, puesto que para las penas del corazón no hay medicina capaz de combatirlas. Mientras, el Samebito, que se había enterado de la enfermedad de su maestro, salió del estanque y entró en la habitación de Tōtarō. El joven, que nunca se preocupaba de sí mismo, únicamente pensaba en el bienestar del Samebito cuando se muriera. La criatura marina, triste por su maestro y el fatídico final que estaba ya muy cerca, se echó llorar desconsoladamente. De sus ojos brotaron grandes lágrimas de sangre que, al tocar el suelo se convirtieron en brillantes rubíes. Tōtarō, al ver las valiosas lágrimas en el suelo, profirió un grito de alegría y la vida volvió de nuevo a él.

“Querido amigo, me has recompensado con creces el cobijo y el alimento que te he dado durante todo este tiempo con tus lágrimas, pues con ellas me has dado una gran felicidad”.

El Samebito, confuso, dejó de llorar y pidió a su maestro que le explicara su repentina curación. Tōtarō le explicó detalladamente su enamoramiento y de cómo cayó enfermo debido a la desesperación al resultarle imposible conseguir las joyas.

“Ahora gracias a tus lágrimas transformadas en piedras preciosas podré pedir la mano de mi amada Tamana”.

Impaciente pero feliz ante su futuro, Tōtarō empezó a contar las joyas, pero cuál fue su sorpresa al ver que no había suficientes. Desesperado le suplicó al Samebito que llorara de nuevo para así conseguir el número requerido de piedras preciosas. Tal petición provocó cierto enfado en la criatura marina y ofendido le explicó que esas lágrimas le habían brotado del corazón a causa del dolor sincero y profundo que sintió al ver a su maestro gravemente enfermo y que ahora, una vez repuesto, ya no podía llorar más.

Tōtarō se lamentó profundamente de su mala suerte y de no poder conseguir las diez mil joyas necesarias para casarse con su amada. El Samebito, que tenía un buen corazón, dio con la solución al problema de Tōtarō y le explicó su idea:

“Mañana iremos al Puente Largo de Seta y llevaremos comida y sake. Tal vez allí en el puente y observando en dirección al Palacio del Dragón llore de nuevo al recordar los tiempos felices antes de ser expulsado”.

Al día siguiente fueron al Puente Largo de Seta y allí el Samebito comió y bebió mucho sake, y mientras contemplaba el mar con nostalgia le vinieron a la mente esos felices momentos que pasó en el palacio y se echó a llorar desconsoladamente. Las lágrimas que brotaron de sus ojos se convirtieron en rubíes preciosos al tocar el suelo del puente y Tōtarō los fue recogiendo hasta conseguir las diez mil joyas requeridas.

 

 

De repente del mar se escuchó una hermosa melodía y de sus aguas emergió un maravilloso palacio. El Samebito soltó un grito de alegría y corrió a asomarse a la barandilla del puente. Y despidiéndose de su maestro Tōtarō se zambulló en el mar para regresar a su añorado hogar donde lo reclamaban de nuevo.

Finalmente, Tōtarō entregó el cofre con las diez mil joyas a los padres de Tamana y por fin, después de tanto padecimiento, consiguió casarse con su amada.

Redacción: Mariona Rivas

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