La leyenda de la medusa y el mono

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Uno de los personajes de la leyenda que traemos hoy es la deidad japonesa del mar: Ryūjin (Rin-Jin), también conocido como Ōwatatsumi, un dragón japonés de grandes poderes capaz de transformarse en humano y que simboliza el temible poder del océano.

Esta leyenda narra cómo Ryūjin, el Rey del Mar, castigó a una medusa algo ingenua y el por qué estas criaturas marinas tienen el cuerpo gelatinoso y sin huesos.

 

 

La medusa y el mono

 

Rin-Jin, el Rey del Mar, se casó con la joven y hermosa Princesa Dragón, pero cuando apenas llevaban unos meses casados la reina cayó enferma. Muchos médicos acudieron para intentar curar su salud y numerosos fueron los consejos y remedios de los médicos, pero todo fue en vano y la salud de la reina empeoraba día a día.

—¡Oh! —se lamentaba la reina— ¡Sólo existe un remedio para curar mi enfermedad!

—¿Cuál es? —preguntó el Rey del Mar.

—El hígado de un mono. En cuanto lo haya comido recobraré la salud. Por favor, te lo ruego, tráeme el hígado de un mono pues sé que no existe otro remedio para mi enfermedad.

 

Para cumplir con el deseo de su esposa, Rin-Jin hizo venir a la medusa y le dijo:

—Quiero que nades hasta la costa y regreses trayéndome un mono vivo sobre tus espaldas pues necesito su hígado y éste es el único remedio que existe para curar la enfermedad de la reina. Tú eres la única criatura que puede realizar esta tarea, sólo tú tienes patas para caminar por la arena. Para convencer al mono de que te acompañe le hablarás de las maravillas que se esconden en el fondo del mar y de la impresionante belleza de mi palacio con sus suelos de perlas y paredes de coral.

La medusa, feliz por poder contribuir a la salud y la felicidad de la reina, partió enseguida en dirección a la costa y pronto llegó a una isla. En cuanto comenzó a andar por la arena se fijó en un mono que jugaba a saltar por las ramas de un pino y dijo:

—¡Hola! —le saludó la medusa— Esta isla parece muy poca cosa, debes llevar una vida muy aburrida aquí. Yo vivo en el Reino del Mar y nuestro rey Rin-Jin vive en un palacio enorme y hermoso con suelos de perlas y paredes de coral. Quizás quieras conocer un país diferente donde siempre hay fruta en los árboles y donde luce el sol. Si quieres puedes subirte a mi espalda y con gusto te llevaré hasta el Reino del Mar.

El mono no se lo pensó dos veces y aceptó encantado la invitación de la medusa. Bajó del árbol y se acomodó en el duro caparazón de la criatura marina.

 

—Por cierto —dijo la medusa cuando ya estaban a mitad de camino del Palacio del Rey del Mar—, espero que hayas traído tu hígado contigo.

—Ésta es una pregunta bastante personal, ¿no crees? —contestó el mono— ¿Por qué me lo preguntas?

La medusa, incauta, le contó al mono que la reina se encontraba muy enferma y sin darse cuenta le reveló que solamente el hígado de un mono podía curarla.

—Cuando lleguemos, el médico usará tu hígado para elaborar una medicina y la reina recuperará la salud.

—¡Vaya, ojalá me hubieras contado esto antes de salir de la isla! —exclamó el mono de forma airada.

—Si lo hubiera hecho, no habrías aceptado mi invitación —replicó la medusa.

—Créeme si te digo que te equivocas, estimada medusa. Tengo varios hígados colgando de un pino y te hubiera entregado uno para tu reina sin dudarlo. Si me llevas de vuelta a la isla, te lo daré. La verdad es que es una pena que me haya olvidado de traer un hígado.

De este modo, la ingenua medusa dio la vuelta y nadó hacia la isla. En cuanto alcanzaron la orilla el mono saltó a tierra firme, se subió a un árbol y comenzó a saltar de rama en rama.

—¿Hígado? —dijo el macaco, estallando en risas y burlándose de la pobre criatura marina— ¿Has dicho hígado? ¡Estúpida medusa, jamás tendrás el mío!

 

Y el mono, entre risas, desapareció entre los árboles.

Engañada y avergonzada, la pobre medusa volvió al palacio y narró a Rin-Jin cómo el mono se había burlado de ella. El Rey del Mar, encolerizado por la estupidez de la medusa, ordenó golpearla hasta convertirla en gelatina.

—¡Golpeadla hasta que no le quede ni un hueso intacto! —gritó enfurecido Ryūjin.

Y así fue cómo la medusa perdió su rígido caparazón y cómo desde aquel día todas las medusas que nacieron y nacerán en el mar están condenadas a tener un cuerpo de gelatina.

 

 

Redacción: Mariona Rivas Vives

Historia extraída de ‘Mitos y Leyendas de Japón’ de F. Hadland Davis (Satori Ediciones)

 

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