Higiene bucal

Según publicaba esta semana el diario 20 minutos, y haciendo referencia a un estudio realizado recientemente por la escuela de Medicina de la Universidad de Yale, las radiografías dentales aumentan […]
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Según publicaba esta semana el diario 20 minutos, y haciendo referencia a un estudio realizado recientemente por la escuela de Medicina de la Universidad de Yale, las radiografías dentales aumentan las posibilidades de sufrir un tumor o un meningioma en el cerebro. Dicen que este tipo de tumores en la mayoría de ocasiones es benigno, pero en situaciones muy extremas, pueden ocasionar discapacidades, o incluso la muerte.

Lo que nos faltaba ya, que alguien vaya a la consulta a una revisión bucal y que se encuentre con el dentista, todo afectado y que le comunique:

-¿Señor Martinez? Lamento comunicarle que usted va a morir.

-¿Co…Como dice? Pero si he venido a que me mirasen como tengo la boca y…y…

– Pues por eso mismo. Usted tiene dieciocho muelas picadas, necesita tres endodoncias, dos extracciones y cuatro implantes. Por lo menos voy a necesitar cuarenta radiografías y con lo jodidas que son, usted está listo.

Si ya me costaba ir al dentista para arreglarme la boca, solo necesitaba una excusa de este tipo para no volver. Y no solo es por miedo, es que con lo caras que son sus tarifas, hacen que me replantee mis hábitos de visita, que de semestrales van a pasar a anuales.

Igualmente, iba poco al dentista porque hace que me sienta como un niño de colegio. Y no porque me haga llorar y patalear allí tumbado, más bien porque cuando me hace abrir la boca me mira con cara de pena me dice:

-¡Uffff! Mal, pero que muy mal Miguelito. Este trimestre has estado fatal, tienes dos muelas picadas más que en el anterior. A este paso y como no pongas más interés, te van a quedar algunos empastes para septiembre…abre mas la boca.

-Glgl…arggg…Gago go gue puego dogtog…pego es gue gomo la agbra mag, voy a guntarg log dienteg eng la nugcagggg…

Para mí es muy violento, oigan. Que como siga abriendo así la boca, en vez de un dentista  va a parecer un minero en una de sus prospecciones. Que he visto en el circo a leones con una boquita de piñón comparada con la que le pongo yo al bestia este. Aunque debo reconocer que la boca la tenía bastante mal, ya que tuvo que hacer tal cantidad de empastes, que la amalgama la tuvo que preparar un primo suyo albañil en una de sus gavetas.

Tampoco es que me guste mucho que me meta el aspirador. Ya saben, el tubito de goma que te ponen para succionar la saliva ¿Y a dónde va la lengua? Al dichoso tubito. Y el dentista diciendo «intente alejar la lengua del aspirador«. Nos ha jodido ¿Y a donde la dejo? ¿Me la arranco y me la guardo en el bolsillo? Que la lengua tiene vida propia y se va a donde le da la gana, señor doctor. Estoy por meterle su aspirador por la oreja, a ver si hay suerte y le succiona el cerebro, cual momia egipcia.

Pero mi higiene bucal la sigo cuidando, no piensen ustedes que las bacterias campean alegremente. Para quitarme el sarro utilizo una rasqueta  (es que cuando queda muy incrustada, no hay que ser muy remilgado) el hilo dental lo he sustituido por alambre de acero, el cepillo de dientes por uno de púas y el enjuagador después del cepillado, aguarrás.

Eso sí, con esencia de trementina para el buen aliento. Lo que haga falta para una boca sana.

 

O casi.

 

Autor: Miguel Soria

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